Capítulo I. Bloque 7: DE DETECTIVE PRIVADO EN VALENCIA A LA INCERTIDUMBRE DE MARRUECOS Ábaco detectives Valencia.

Carla traía consigo dos bolsas con comida macrobiótica para prepararse el almuerzo en el despacho. No quiso darme los detalles de la discusión y yo se lo agradecí. Como no podía mantenerse en silencio, sacó el tema de mi viaje a Marruecos e insistió en la locura que suponía hacerlo en solitario. Procuré no escuchar sus argumentos porque no fomentaban mi confianza.

Salí al pequeño balcón del que disponía mi despacho de detective privado en Valencia y encendí un cigarro con la segura sensación de que no lo terminaría. Los días sucesivos requerían una mínima planificación y no me quedaba mucho tiempo. El sol tentaba con su cálido abrazo pero decidí cumplir con mi sensación, apagué el cigarro en el florero desierto, cerré la puerta del balcón.

Un viejo expediente se había colado entre el enredo de papeles que se acumulaban en mi mesa. La investigación la había encargado el alcalde de un pequeño pueblo cercano a Valencia. El objetivo era una empresa de reciclaje privada, que según mi cliente saboteaba la planta de reciclaje propiedad del consistorio. Aquel tema me había llevado más de una semana de noches en vela vigilando la planta. La noche de un sábado fue la elegida por los saboteadores para llevar a cabo su misión y pude grabarlos con absoluta claridad. No se habían molestado en ponerse pasamontañas ni nada por el estilo. Sin embargo, cuando mi cliente visionó la película me relevó de mis obligaciones mercantiles pagando el resto de la minuta. Mi pregunta sobre el motivo no obtuvo respuesta, solo una frase enunciativa de dudosa naturaleza. “El asunto está claro”, dijo mientras giraba sobre sus pies y salía del despacho. Nunca tuve claro si conocía a los saboteadores, o simplemente no se trataba de lo que sospechaba en un principio. Lo que sí me quedó claro es que no debía fiarme de ningún cargo público, porque a los dos días envió a dos policías locales de su municipio a recoger todo el material referente a la investigación. Los agentes fueron bastante explícitos en cuanto a su cometido y expeditivos en sus actos. Tuve suerte, la carpeta con el contrato firmado logró esconderse de ellos. Dos meses después descubrí algo por pura casualidad. Hablando con un compañero de estudios de la licenciatura en criminología que ejercía como policía local en un pueblo cercano, me contó que se trataba de una pugna por conseguir fondos para la planta de reciclaje. Era solo una forma de llamar la atención sobre los recursos del consistorio, pero el alcalde en cuestión no estaba al corriente de los métodos cuando me encargó el trabajito. Lo descubrió al ver las caras de los saboteadores. Por suerte, guardé el informe que ya había redactado para el cliente y que nunca me solicitó, ni él ni sus pajes vestidos de agentes de la autoridad. El expediente incluía los fotogramas más reveladores de la grabación, así como una copia del vídeo. Digo por suerte, porque la planta de reciclaje privada había sido cerrada y sus quince trabajadores puestos de patitas en la calle, mientras que a la planta del consistorio se le habían concedido ochocientos mil euros del presupuesto local y habían enchufado a dos parroquianos auspiciados por las siglas que mandaban en aquel momento. Ser detective privado en Valencia, era toda una aventura.

Pensé por un momento en deslizar el expediente sin nombre en alguna de las redacciones de prensa que conozco, lógicamente aquello, aunque justo, no sería legal y desistí aparcando mi ideario justiciero. Después caí en la cuenta de que no conocía tanto ni a los periodistas ni sus fuentes de ingresos.Sé que suena mal, pero toda opinión propia se encuentra formada en base a una u otra vivencia. Todas dispares, ninguna confesable. A veces pienso que son demasiados años de profesión viendo lo menos atractivo de la naturaleza humana. Un pensamiento acudía de vez en cuando a mí: la estúpida aunque relajante idea de abandonar la lectura y abandonarme a los efectos de esa lavadora de mentes con forma de plasma.

La tarde había encogido retrospectivamente mientras yo la consumía en preparar equipaje y equipo. Carla decidió ir a hacer las paces con Axel y yo echaba de menos un buen polvo como despedida ante mi inminente viaje a Tánger. Pensé por un momento en llamar a Jorge, pero deseché la idea por primaria y errónea, buscando un sucedáneo.

Cuando sabía que nadie me iba a necesitar, me regalaba con un par o tres copas de vino y algo de picar que justificara el episodio de alcoholismo. Así lo hice y me dio por pensar en lo eventual de la vida. Algunos compañeros, detectives privados, habían sufrido una serie de curiosos episodios de acoso sin firma, otro había muerto en extrañas circunstancias. En ocasiones, mi alrededor parecía el extraño escenario de una conspiración teórica. Tras confirmar por mis pensamientos que el vino había cumplido su cometido, aproveché el momento y me conduje hasta la cama que abandonaría antes de lo deseado.

Después de tres horas escasas de sueño, y más de tres cafés, me encontraba en el aire. La desagradable sensación entre sueño y mareo me martilleaba las sienes impidiéndome dormitar. Sabía lo que era ser detective privado en Valencia, ahora iba a saber lo que era serlo en otro país.

 

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