Categoría: Novela Detectives

  • Capítulo I. Bloque 7: DE DETECTIVE PRIVADO EN VALENCIA A LA INCERTIDUMBRE DE MARRUECOS Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 7: DE DETECTIVE PRIVADO EN VALENCIA A LA INCERTIDUMBRE DE MARRUECOS Ábaco detectives Valencia.

    Carla traía consigo dos bolsas con comida macrobiótica para prepararse el almuerzo en el despacho. No quiso darme los detalles de la discusión y yo se lo agradecí. Como no podía mantenerse en silencio, sacó el tema de mi viaje a Marruecos e insistió en la locura que suponía hacerlo en solitario. Procuré no escuchar sus argumentos porque no fomentaban mi confianza.

    Salí al pequeño balcón del que disponía mi despacho de detective privado en Valencia y encendí un cigarro con la segura sensación de que no lo terminaría. Los días sucesivos requerían una mínima planificación y no me quedaba mucho tiempo. El sol tentaba con su cálido abrazo pero decidí cumplir con mi sensación, apagué el cigarro en el florero desierto, cerré la puerta del balcón.

    Un viejo expediente se había colado entre el enredo de papeles que se acumulaban en mi mesa. La investigación la había encargado el alcalde de un pequeño pueblo cercano a Valencia. El objetivo era una empresa de reciclaje privada, que según mi cliente saboteaba la planta de reciclaje propiedad del consistorio. Aquel tema me había llevado más de una semana de noches en vela vigilando la planta. La noche de un sábado fue la elegida por los saboteadores para llevar a cabo su misión y pude grabarlos con absoluta claridad. No se habían molestado en ponerse pasamontañas ni nada por el estilo. Sin embargo, cuando mi cliente visionó la película me relevó de mis obligaciones mercantiles pagando el resto de la minuta. Mi pregunta sobre el motivo no obtuvo respuesta, solo una frase enunciativa de dudosa naturaleza. “El asunto está claro”, dijo mientras giraba sobre sus pies y salía del despacho. Nunca tuve claro si conocía a los saboteadores, o simplemente no se trataba de lo que sospechaba en un principio. Lo que sí me quedó claro es que no debía fiarme de ningún cargo público, porque a los dos días envió a dos policías locales de su municipio a recoger todo el material referente a la investigación. Los agentes fueron bastante explícitos en cuanto a su cometido y expeditivos en sus actos. Tuve suerte, la carpeta con el contrato firmado logró esconderse de ellos. Dos meses después descubrí algo por pura casualidad. Hablando con un compañero de estudios de la licenciatura en criminología que ejercía como policía local en un pueblo cercano, me contó que se trataba de una pugna por conseguir fondos para la planta de reciclaje. Era solo una forma de llamar la atención sobre los recursos del consistorio, pero el alcalde en cuestión no estaba al corriente de los métodos cuando me encargó el trabajito. Lo descubrió al ver las caras de los saboteadores. Por suerte, guardé el informe que ya había redactado para el cliente y que nunca me solicitó, ni él ni sus pajes vestidos de agentes de la autoridad. El expediente incluía los fotogramas más reveladores de la grabación, así como una copia del vídeo. Digo por suerte, porque la planta de reciclaje privada había sido cerrada y sus quince trabajadores puestos de patitas en la calle, mientras que a la planta del consistorio se le habían concedido ochocientos mil euros del presupuesto local y habían enchufado a dos parroquianos auspiciados por las siglas que mandaban en aquel momento. Ser detective privado en Valencia, era toda una aventura.

    Pensé por un momento en deslizar el expediente sin nombre en alguna de las redacciones de prensa que conozco, lógicamente aquello, aunque justo, no sería legal y desistí aparcando mi ideario justiciero. Después caí en la cuenta de que no conocía tanto ni a los periodistas ni sus fuentes de ingresos.Sé que suena mal, pero toda opinión propia se encuentra formada en base a una u otra vivencia. Todas dispares, ninguna confesable. A veces pienso que son demasiados años de profesión viendo lo menos atractivo de la naturaleza humana. Un pensamiento acudía de vez en cuando a mí: la estúpida aunque relajante idea de abandonar la lectura y abandonarme a los efectos de esa lavadora de mentes con forma de plasma.

    La tarde había encogido retrospectivamente mientras yo la consumía en preparar equipaje y equipo. Carla decidió ir a hacer las paces con Axel y yo echaba de menos un buen polvo como despedida ante mi inminente viaje a Tánger. Pensé por un momento en llamar a Jorge, pero deseché la idea por primaria y errónea, buscando un sucedáneo.

    Cuando sabía que nadie me iba a necesitar, me regalaba con un par o tres copas de vino y algo de picar que justificara el episodio de alcoholismo. Así lo hice y me dio por pensar en lo eventual de la vida. Algunos compañeros, detectives privados, habían sufrido una serie de curiosos episodios de acoso sin firma, otro había muerto en extrañas circunstancias. En ocasiones, mi alrededor parecía el extraño escenario de una conspiración teórica. Tras confirmar por mis pensamientos que el vino había cumplido su cometido, aproveché el momento y me conduje hasta la cama que abandonaría antes de lo deseado.

    Después de tres horas escasas de sueño, y más de tres cafés, me encontraba en el aire. La desagradable sensación entre sueño y mareo me martilleaba las sienes impidiéndome dormitar. Sabía lo que era ser detective privado en Valencia, ahora iba a saber lo que era serlo en otro país.

     

  • Capítulo I. Bloque 6: SER DETECTIVE PRIVADO EN VALENCIA, UNA PROFESIÓN DE RIESGO Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 6: SER DETECTIVE PRIVADO EN VALENCIA, UNA PROFESIÓN DE RIESGO Ábaco detectives Valencia.

    Logré entregar los tres informes antes de que Mario cerrase la tienda. Esta vez me sorprendió con una micro cámara oculta en unos pendientes difíciles de conjuntar. Ante mi cara de desagrado, se apresuró a probarla. La imagen sorprendía por la claridad y calidad. Decidí invertir y Tánger era un buen lugar para probarla. Lo difícil iba a ser vestirse en concordancia con los pendientes. Mario, sin duda alguna, era uno de los principales recursos para un detective privado en Valencia. Vivir en el mismo lugar en que se encuentra mi oficina, no es una de las mejores ideas. Especialmente cuando ya se ha tenido la visita de uno de esos clientes “especiales”.

    Cuando me acercaba al portal de mi oficina vivienda, encontré a un tipo pulsando insistentemente el timbre de Ábaco Detectives. Sin cita previa no suelo atender a nadie, pero no estaba dispuesta a soportar el timbre sonando mientras comía. Tenía dos opciones, pero comer fuera no era lo que más me apetecía y después de despedirlo podría ganar media hora de sueño en previsión del madrugón. Me presenté y detuve su castigo al timbre. Cuando un cliente comienza a contarme que le espían, le escuchan y le persiguen, solo responden a una de las cuatro preguntas esenciales en un proceso de investigación: el qué. El cómo suele ser difícil de averiguar, pero las dos preguntas que nunca desvela la historia son quién y porqué. Cuando me responden a esas dos preguntas todo se vuelve claro como el agua, y es entonces cuando actúo. O bien les despido con la mayor amabilidad, o bien les pido que me vuelvan a contar la historia para decidir si acepto o no el trabajo.

    Escuché la historia hasta tres veces, aquel tipo tenía un problema real, así me lo pareció. Existen verdaderos actores paranoicos, quizá acostumbrados a que nadie los crea. Quedé en facilitarle los servicios de un profesional y lo despedí con el pensamiento de llamar a “M”.Aquello volvió a recordarme a María. Intentaba comprender el calvario que debían estar pasando su hermana y su sobrina, a las que conocí durante un viaje a Barcelona por motivos de trabajo. Las emisiones de treinta segundos de los telediarios daban una imagen bastante deprimente de la situación en la que se encontraba María, y me hacían consciente de lo que mienten los medios. Yo conocía a María y su situación personal y laboral, y aquellas afirmaciones pisoteaban, no solo la realidad, sino a todo el que conociera a María.

    Los detectives privados somos una figura incómoda para ciertos poderes, cada vez más preocupados por ello. Y ser detective privado en Valencia, se había convertido en profesión de riesgo. Quizá influya el hecho de que somos la rama de investigación al margen del control estatal. Unas semanas después se haría evidente la intención: cambiar la ley de seguridad privada, el método resultaba abyecto.

    Mario me había comentado algo respecto a un programa que emitían aquella noche, por lo visto se trataba de uno de esos realitys acerca de las verdades ocultas descubiertas por algún gabinete de periodistas de investigación de pantalla. Alguien les encarga investigar a ciertos detectives, quizá de forma aleatoria, quizá no. La cámara oculta empuñada por un medio comercial a sueldo para crear opinión, un método poco arriesgado y muy lúdico. Conseguir audiencia con sensacionalismo además de dirigir las miradas de la masa, resulta una idea demasiado jugosa para dejarla pasar.

    Mientras se me hinchaba la vena pensando esto, Carla abría la puerta y aparecía con el gesto congelado. Había discutido con su novio, con el que vivía en un pequeño apartamento de una finca de mediados del siglo pasado. Axel (su madre lo había bautizado así en honor a Axel Rose, lo cual me daba una idea del genoma transferido), era uno de esos paranoicos de signo distinto. El trabajo de Carla fue el súmmum de la vida de Axel. Como si el hecho de conocer a alguien que analiza datos en una agencia de detective privado en Valencia, justificase su dedicación a teorías de la conspiración.

  • Capítulo I. Bloque 5: LA REALIDAD DE LOS DETECTIVES PRIVADOS EN VALENCIA Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 5: LA REALIDAD DE LOS DETECTIVES PRIVADOS EN VALENCIA Ábaco detectives Valencia.

    Mientras el señor Bashiri sacaba “lo de siempre” para dos, según la orden de mi anfitrión, salió el tema que menos me apetecía tratar. Miguel me puso al día de los detalles que conocía sobre la detención de María. Todo apuntaba a que, efectivamente, se trataba de un cabeza de turco, en cuanto al comisario que llevaba el tema, Miguel lo calificó como el “tonto necesario” para llevar a cabo toda la puesta en escena. Lo conocía de años atrás y sabía que lo habían puesto de guinda en el pastel por su mala relación con el colectivo investigador. No me dijo el motivo ni yo se lo pregunté.

    Después empezó a echar pestes y procuré desconectar. Era más agradable el curry de pollo que las zancadillas a la profesión de detective privado en Valencia ciudad. Si debía quedarme con algo de lo que había sido hasta la fecha mi carrera en la investigación, era la enriquecedora sensación que queda después de ayudar a alguien a resolver un problema, y verlo en su mirada. Miguel no conocía esa sensación tan intensamente como yo por la naturaleza de sus trabajos, o eso pensaba yo.

    La versión romántica de la investigación que tiene el 90% de la población, se encuentra relativamente lejos de la realidad. Sin embargo, solo relativamente, porque la realidad del detective privado en Valencia es también romántica. Cada espera, cada seguimiento, cada resolución a un problema personal o laboral encierra una historia, unos personajes y las sensaciones de éstos.

    La cuenta había incluido un par de chupitos de un mejunje oscuro e intenso, que competía en mi estómago con el curry picante. De momento iban empatados. Después de pagar, Miguel se alejó como vino, en bicicleta. Yo caminaba con la sensación de que el día había sido largo. El pensamiento de que me había saltado un día o la noche comenzaba a convertirse en creencia. El sueño se unió al recuerdo del trabajo de oficina que me esperaba al día siguiente, en un dar vueltas en la cama sin coherencia suficiente para levantarme. El mejunje empató con el curry, pero cumplió su cometido y caí dormida en un profundo sueño condenado a terminar antes de comenzar.

    La mañana siguiente transcurrió con más pena que gloria, redactando tres informes. Pretendía tenerlos listos y entregados antes de largarme a Tánger y solo disponía de aquel día. Estiré la mañana al máximo y así disponer de una tarde para los recaditos pendientes y algunas compras de última hora. Mario, un experto en la electrónica dedicada a la investigación al que recurríamos algunos de los detectives en Valencia, me había hablado de una grabadora diminuta y de increíbles prestaciones. Aunque cansada de comprobar la falsa promesa de miles de artilugios, confiaba lo suficiente en Mario como para hacerle una visita.

  • Capítulo I. Bloque 4: REUNIÓN DE DETECTIVES EN VALENCIA Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 4: REUNIÓN DE DETECTIVES EN VALENCIA Ábaco detectives Valencia.

    Miguel Moix, conocido como “M” en la profesión, no era un detective privado en valencia al uso. Trabajaba como asesor de seguridad para varias empresas, aunque su especialidad eran las limpiezas de ambiente y la búsqueda de los “otros”. En las limpiezas buscaba micros, cámaras ocultas y todo aquello por lo que pudiera fugarse la información o la intimidad. La búsqueda de los “otros” era a lo que se dedicaba cuando algún paranoico le llamaba para que confirmase su condición, lo que a menudo terminaba en un episodio cómico o dramático, siempre surrealista. En cuanto a las investigaciones de otro carácter, como estafas en Valencia o infidelidades, tenía a bien derivármelas a mí. Pasaba de la sesentena, de estatura baja y unos sesenta kilos de puro sarcasmo. Las gafas, fuera de época, cabalgaban sobre una nariz ganchuda y enmarcaban unos ojos pequeños de mirada burlona. “M” era uno de los detectives privados en Valencia mas queridos para mi.

    Un vistazo a la nevera en busca de algo fresco me recordó la necesidad de llenarla y agradecí cenar fuera. Miguel quería comentarme un asunto profesional, aunque por la llamada de la tarde auguré llantos y quebrantos. La profesión de detectives privados en Valencia, estaba sufriendo el yugo de una administración demasiado intervencionista y la detención de María, por el caso Pitiusa, era solo la exposición de un cabeza de turco para desviar las miradas de las siglas de turno.

    Carla había editado el video de la mañana, lo cual me había permitido despejarme. Una nota me informaba de mi mala suerte. No había vuelo directo Valencia-Tánger, cosa que no me sorprendió, pero el AVE hacia Madrid salía a las 4:38 de la mañana y el vuelo desde Barajas a las 6:13. No es que me guste dormir, es que no me gusta madrugar, y la nota de Carla me puso de mal pedigrí.

    El Bashiri, en Bailén junto a la Estación del Norte, es un restaurante indio, capaz de mantener abierto hasta tarde por una mesa de dos. Situado entre un hotel demasiado moderno y un sex-shop demasiado viejo, soportaba la crisis que había acabado con otros. Miguel opinaba que no tardaría en cerrar y quiso cenar antes de que el tiempo acabase dándole la razón. Me disgustó la idea del cierre, porque la cocina de aquel lugar era una sinfonía de sabores.

  • Capítulo I. Bloque 3: ¿SOLO UNA ESTAFA? Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 3: ¿SOLO UNA ESTAFA? Ábaco detectives Valencia.

    Contemplando el denso tráfico de Gran Vía a través de la ventana, intentaba esbozar un croquis mental de la historia que acababa de escuchar. Un trabajo fuera de una ciudad demasiado pequeña en la que todo se sabe pero nada se habla. El encargo de largarme a Tánger parecía un plan refrescante. La sospecha de que el nombre del tipo fuera falso rondaba mi cabeza mientras ojeaba los documentos de la carpeta. Trataba de encontrar algún detalle que facilitase mi labor, tenía poco por dónde empezar. Una búsqueda rápida en el otro lado de la red no aportó nada sobre aquel nombre, en cambio sí sobre la dirección. Se trataba de un hamman, solo para hombres, claro. Esto me hizo pensar en los problemas que podrían surgir siendo mujer en un país de cultura islamista, y también dudar sobre la aceptación del trabajo. Tres facturas pendientes que hacían cola sobre mi mesa, argumentaron en silencio y resolvieron la duda.

    Carla aparecía por la puerta, como siempre, envuelta en su aura de mujer fatal, que las curvas voluptuosas de su cuerpo parecían respaldar. En realidad, nada más lejos de la realidad. Había heredado de su madre un físico apabullante y de su padre el intelecto que había dedicado a la informática. La había reclutado cuando decidí dejar mi trabajo de esclava en Grupo XXI, donde hacía más horas que un reloj por una remuneración que no me satisfacía. Después de seis meses conseguí un pequeño piso en el centro y abrí la Agencia Abaco Detectives en Valencia. Consultoría de investigación y seguridad.

    Tener a Carla al frente de la logística del despacho era muy útil, cuando no se encontraba en cualquiera de los muchos proyectos en que se embarcaba. Pero me había echado una mano en el peor momento de mi vida. El divorcio me había arrancado la parte de esa vida que no usaba. Las horas de investigación terminan por ser incompatibles con las de familia y mi caso no fue la excepción a la regla. Mantengo una buena relación con Jorge, mi ex. Después de todo no habíamos sido mucho más que amigos en un matrimonio sin usar y con pocos kilómetros.

    Carla tenía trabajo editando las imágenes de mi última pieza y yo no estaba preparada para una charla acerca de las virtudes de la vida en pareja, ni de repostería vegana. Le pedí que me buscase billete a Tánger a primera hora, para dos días después, así conseguiría redactar los tres informes pendientes que debía entregar la semana siguiente. Mi cabeza parecía a punto de explotar y decidí que era mejor que lo hiciese en la calle, así que me despedí de Carla y me largué a dar un paseo. Fije mi objetivo en el pequeño café al que escapaba para esconderme del mundo. Los alrededores del mercado de Ruzafa son el microcosmos al que me exilio cuando necesito perderme y alejarme de mí misma.

    Mientras caminaba por la avenida, tratando de supeditar el ruido del tráfico al siseo del viento sin conseguirlo, recordaba la expresión de César al contarme su historia. Nadie sufre como parecía hacerlo él, solo por dinero, solo por una estafa. Tenía la sensación de que no me lo había contado todo. Una mujer deshizo mis pensamientos cuando estuvo a punto de atropellarme con el carrito del niño que debía ser su nieto. Me disculpé por existir y reanudé mi paseo a ninguna parte.

    Rosana es la dueña del Café Jazmín, una pequeña cafetería situada en una de las calles aledañas al mercado. Me saludó mientras me servía el té de canela y nuez moscada de siempre. Abracé la taza con las dos manos y respire hondo con la sola intención de disfrutar de un momento de silencio interior. El momento de silencio catedralicio acababa de irse a hacer puñetas por el zumbido impertinente del móvil. La voz nasal, aguda y chirriante de Miguel me sorprendió. Llamaba con número oculto y al decírselo, soltó una risa picarona. Deduje que era fruto de una de las anécdotas de su extenso repertorio. Esta vez se trataba de la Operación Pitiusa, estaba indignado y pretendía desquitarse conmigo. Mis neuronas no estaban dispuestas a otro de los debates que genera la profesión y que nunca van a ninguna parte. Como también quería comentarme algo acerca de un trabajo, quedamos en cenar mientras me ponía al corriente del asunto. Me despedí con amabilidad y me dispuse a disfrutar del silencio y de mi té.

  • Capítulo I. Bloque 2: ESTAFA. UN NUEVO CASO. Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 2: ESTAFA. UN NUEVO CASO. Ábaco detectives Valencia.

    Cuando entraron, llamé a la clienta para confirmar la sospecha por tercer día consecutivo. La negación hasta el imposible del cónyuge descubierto, convierte al afrentado en un obseso por las pruebas. Un yonqui de la sospecha confirmada dispuesto a castigarte con vigilia y ayuno. Ella no lo hizo. Yo lo agradecí.

    Un suspiro en forma de bufido puso el punto final a la mañana. Servicio terminado. Pude abrir las ventanillas y largarme al despacho, no sin antes devolver la llamada al cliente con prisa, para citarlo en mi despacho a primerísima hora de la tarde.
    Se acercaba la hora de la comida y se hacía notar en la densidad de tráfico. Me movía a cámara lenta en una ciudad en la que circular no debería ser complicado. Valencia es un valle extenso y plano junto al mar.

    Una ducha estimuló mi piel recocida en el microondas con ruedas. Los fideos de arroz, que había calentado mientras me duchaba, se enfriaban sin mi atención, centrada en vestirme zigzagueando a lo largo del pasillo. Para cuando revisaba los mensajes en el correo electrónico, los fideos parecían piedra pómez y decidí declinar su oferta.

    El cliente se había adelantado. Lo esperé con la puerta abierta, después de deshacerme del cuerpo del crimen tirando la masa de fideos que acechaban desde mi mesa.
    Subía por la escalera, lo que me sorprendió y me dio tiempo a estudiarlo. Era un tipo alto y delgado, embutido en un traje demasiado grande. Un profundo pesar parecía haberse instalado en los surcos de sus ojos, subrayando el cansancio en ellos. Me saludó con una mano que parecía la pala de una excavadora, en aspecto y fuerza. Observé su piel quemada por el sol de años y los surcos del campo dibujados en ella.

    En la mesa, sentada frente a él, le animé a que comenzase. Mi trabajo, además de otras muchas tareas, incluye la de confesora. Pero a ciertos clientes les cuesta empezar su historia y debo empujarlos a ese primer paso en la transacción de confianza. En aquella ocasión no fue diferente. César, así se presentó, y su hermano Guillermo habían invertido en la apertura de un negocio de hostelería en el norte de Marruecos. Al parecer, el tercer socio se había largado con demasiada pasta y pocas garantías. El inversor en cuestión, me contó el hombre de traje grande, era un francés de origen magrebí que se hacía llamar Jamil Balais, un empresario hostelero del que solo conocían el nombre y una dirección. La avaricia suele ser el primer motivo de las estafas, pensaba yo mientras escuchaba.-Nos propuso montar un restaurante español en Tánger- decía, -él debía adelantarse para gestionar ciertos documentos necesarios para iniciar la actividad empresarial en su país y se fue con demasiada prisa-

    Le pedí algunos datos del socio magrebí y me tendió la carpeta que custodiaba su regazo. En unas hojas, escritas a mano, estaban las señas de algún local en Tánger, el nombre del fulano y algún dato más de escasa importancia. Las fotos eran las de siempre, una mala ampliación de la foto del documento de identidad que podía haber pertenecido a Walt Disney (ya congelado), y otra hecha por algún móvil con el enfoque distraído.

    Le expliqué cómo funcionaba aquello, y calmé sus prisas. Lo de firmar un contrato no le hizo demasiada gracia, pero transigió. En cuanto a la provisión de fondos, no puso ningún problema, me haría una transferencia a primera hora del día siguiente.

    Cuando se marchó, su mirada continuaba siendo la misma, aunque la tensión de sus mandíbulas había desaparecido. Encendí la radio que seguía escupiendo noticias chorra. En Estocolmo habían descubierto una rata de medio metro de largo sin contar la cola. En mi cabeza se dibujó la imagen de un roedor gigante que evolucionaba a neo político oligarca.

  • Capítulo I. Bloque 1: PAREJAS INFIELES. Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 1: PAREJAS INFIELES. Ábaco detectives Valencia.

    Esperamos que disfrute la lectura de nuestra novela.La realidad supera siempre a la ficción. Había leído en una de esas revistas que permanecen incólumes en cualquier sala de espera, cierto estudio de algún mengano. Las conclusiones venían a decir algo así como que, la televisión tenía un efecto disociativo sobre las capacidades mentales, destruyendo la capacidad de la persona de realizar una actividad cognitiva crítica. O lo que es lo mismo, la televisión hace a las personas incapaces de pensar de modo racional. El medio era distinto y el motivo también, pero yo me sentí del mismo modo al escuchar en la radio la noticia de la detención de María, una muy buena amiga y colega de profesión. María no pertenecía a mi grupo de detectives de Valencia, ella ejercía en  Barcelona, y allí le había sorprendido la tormenta. Una investigación acerca de una supuesta compra de datos privados, en la que la habían imputado. La estupefacción no me impidió dudar de la veracidad de la acusación. De todas formas, los medios suelen pecar de darle un eco sensacionalista a toda noticia que les permita tener algo más de “share”.

    Una llamada me sacó de mi estado de catatonía inducida por la noticia, la vigilia y el calor. En ese orden.  Un trabajo de máxima urgencia reclamaba mis servicios a través de una voz desconocida con palabras ya escuchadas. ¡Qué novedad! Todo es urgente cuando se trata de uno mismo. Lo despaché con la maestría aprendida, no sin antes asegurar que le llamaría para concertar cita lo antes posible. Me prometí recordarlo, pero no me creí.

    La espera se había dilatado durante algo más de tres horas, era el segundo servicio tras cuatro horas intimando con una farola. El mediodía era el verdugo del polígono donde me encontraba, y su arma un sol tozudo del que no podía escapar por razones logísticas. La puerta del hotel Ares se había convertido en el obsesivo objeto de mi mirada, mientras esperaba la llegada del informado.En aquel momento me encontraba dentro de mi pequeño Kia blanco, convertido en horno, con las ventanas cerradas y a punto de fenecer por la temperatura y la falta de oxígeno. Esto era así porque el enorme matorral bajo el que me encontraba, me obligaba a mantener todo cerrado, agitándose sospechosamente.

    Esperaba la aparición de un marido promiscuo de hábitos regulares, y al parecer de buena chequera. Se citaba con mujeres distintas en días alternos, en el mismo lugar.Seguramente le harían descuento por fidelidad… al servicio.

    La ruta comercial que hacía todos los días era demasiado previsible como para encarecer el servicio con horas inútiles, aun a riesgo de reducir la minuta. Decidí esperarlo en el mismo lugar donde terminaba las mañanas alternas, el hotel Ares se había convertido con la falta de clientela, en un lugar habitual para las parejas infieles en busca de seguro refugio. Pero aquel día se retrasaba y el coche era una olla a presión.

    La acompañante solía bajar en la puerta del hotel mientras él aparcaba, aquella ocasión no fue distinta. Por suerte, la señora meretriz tuvo a bien esperar a su cliente en el portal, lo que me permitió una perfecta grabación de otro acaramelado encuentro.