Categoría: Novela Detectives

  • Investigación en internet cap.2 p.7

    Investigación en internet cap.2 p.7

    Investigación en internet:

    Investigación en internet: Un autobús frenó de forma brusca evitando atropellar a un ciclista urbanita y despistado, justo antes de que el semáforo diese paso a los peatones. El tráfico comenzaba a densificarse por lo cercano de la hora punta, las calles del centro se convertían en colecciones de seres diferentes, con vidas diferentes y secretos parecidos.

    El pitido impaciente de un coche me sacó de mis pensamientos y crucé la calle esquivando los coches parados.

    Durante la tarde me tomé con calma la edición del video de la junta de vecinos y redacté el informe para Teresa, la administradora de fincas conflictivas. Investigación en internet: cuando tuve el informe terminado y solo entonces, volví a buscar a Marta Guerrero en la red y recopilé toda la información que pude. Cuando acabé, tenía una especie de vida laboral de la dama. Entre los archivos relacionados con ella, figuraba una sentencia de la Audiencia Provincial en la que aparecía como representante jurídico de los laboratorios AKRONA, que resultaban condenados a costas, multa e indemnización a un tal Oscar nosécuantos. Busqué la página de los laboratorios y en ella algunos nombres. Anoté unos dieciséis nombres en dos listados, uno de hombres y otro de mujeres. No sabía por qué pero algo me decía que debía seguir buscando. Investigación en internet.

    Preparé rápidamente la gestión y llamé a un teléfono fijo que figuraba en una de las páginas visitadas, se trataba del bufete en el que trabajaba la señora Guerrero. Me respondió una señorita con acento catalán que me informó de que la abogada no se encontraba ya en el lugar. Aproveché la ocasión para dejarle un mensaje envenenado, sin mensaje. “Dígale por favor que le ha llamado la señora Maluenda”. No pude resistir la tentación y seguí mi instinto. La secretaria tomó nota de mi recado y del número de teléfono que le dí.

    Me decidí por los nombres masculinos y los introduje uno por uno en el buscador (Investigación en internet). Hora y media después descubrí algo que sospechaba de alguna forma: Nicolás Dospins, socio accionista y asesor jurídico de los laboratorios. Aquello justificaba de sobra mi teoría, en la que Jacinto Vega aparecía como el tonto útil. Preparé todo el material que tenía y redacté el informe.

    Además de la grabación en la que aparecía Jacinto Vega muy acaramelado con Marta Guerrero, incluí las distintas capturas de pantalla que consideré relevantes tras mi Investigación en internet.

    “Don Nicolás Dospins socio accionista y asesor jurídico de los laboratorios AKRONA está casado con doña Marta Guerrero”, puse a modo de introducción.

    AKRONA, según publicaciones de economía, se encontraba hacía poco menos de un año al borde de la quiebra y de un concurso de acreedores, después de tres sentencias condenatorias. Sin embargo, la salida exprés de dos patentes al mercado, habían conseguido salvar a la entidad del inminente final, consiguiendo con ellas nuevos contratos. Las dos patentes resultaban demasiado parecidas a las que KNESIS había desarrollado poco antes sin fortuna en fechas demasiado similares. La señora Guerrero que se había licenciado en la misma promoción de derecho que Jacinto Vega, conocía la situación a la que se enfrentaba de cumplirse las perspectivas anunciadas. Todo aquello de lo que disfrutaba quedaría en nada si quebraba la empresa de la que dependía el bienestar de la familia. Conociendo la posición de su viejo compañero de estudios, parecía evidente el camino a seguir. Buscó, localizó y cazó a la presa, que era el señor Vega. Al parecer una presa fácil. Lo cameló y se metió en su bragueta con la intención de rentabilizar la situación. Cosa que evidentemente consiguió sonsacando información a Vega que ni siquiera fue consciente de en qué estaba participando. Durante sus encuentros, no es de extrañar que manipulase alguno de los terminales de Vega para robarle directamente la información sin que él mismo se la diese conscientemente.

    Terminé el informé y lo encuaderné. Lo coloque en una carpeta junto con el DVD que contenía las imágenes y lo dejé sobre mi mesa esperando al día siguiente.

    Aquella noche volví a disfrutar de mi soledad. Carla había vuelto con Axel, otra vez. Lo agradecí. Cogí uno de mis libros de cabecera con mejores intenciones que resultado, pero Alistair McClean no consiguió evitar que me durmiera a las tres páginas, había sido un día demasiado denso y se hizo sentir.

    Dormí de un tirón, como hacía tiempo que no sucedía, y me levanté pronto, como de costumbre. Era demasiado temprano para llamar a nadie y demasiado tarde para volver a la cama. Decidí darle otra a McClean y me llevé “La muñeca ahorcada” a la mesa de la cocina.  La lectura me abstrajo y no reparé en la hora. Eran las nueve y media cuando sonó el timbre de la puerta expulsándome de las peripecias de Mr. Sherman. Una voz conocida respondió a mi pregunta, era Antonio, el septuagenario novio de Julia que ahora se llamaba Julie.

    Había venido, según me dijo al llegar al rellano por las escaleras con paso lento pero firme,  para agradecerme en persona la localización de su amada. Me contó tomando un café que le ofrecí, que había hablado con Julia, como la seguía llamando. Sus ojos tenían un brillo que los hacía más jóvenes que la última vez. Después quiso saldar cuentas, pero me negué porque después de todo, no me había supuesto ningún gasto y, sobre todo, porque me sentí muy bien al hablar con Julia y al darle la noticia a Antonio. Al final accedió, no sin insistir mucho, y con la condición de pasar a verme algún día con Julia para presentarnos. Se lo agradecí y se marchó satisfecho.

    Volví a la realidad y encendí el móvil. Había varias llamadas perdidas de Rafa, un compañero de Madrid. Un mensaje suyo en el contestador me explicaba que había vuelto a casa después de tres semanas de investigación cerca del lago Lilia, en Dinamarca. Aquella era la forma habitual de comunicarnos, a través del contestador.

    Un pálpito me llevó a encender el móvil que reservo para llamadas conflictivas. Era el número que dí a la secretaria del bufete donde trabajaba Marta Guerrero. Investigación en internet, cuando la pantalla se encendió y el terminal acabó su búsqueda de red, el pequeño icono de llamadas perdidas no me sorprendió al aparecer. Era previsible que la dama le devolviera la llamada a la señora Maluenda, y así lo esperaba yo. Miré la hora de la llamada y el número. La había hecho a las nueve en punto y eso indicaba que la había realizado en cuanto el recado llegó a sus manos. La premura hablaba de sorpresa y podía imaginar su cara. Aquello me daba la ventaja que necesitaba y pulsé la rellamada.

    Tardó en responder y la imaginé dudando en responder, aunque tal vez, simplemente tenía el móvil en el bolso, lo cual retrasa siempre la respuesta.

    Cuando respondió, lo hizo con voz indecisa y lo aproveché. No dije quién era ni desmentí su creencia de que la llamaba Cristina Maluenda. Le informé, no solo de que conocía su aventura con Jacinto, sino que además tenía pruebas de su incipiente carrera como espía corporativo. Su negación duró tan solo el tiempo que dejé que el silencio fuera suyo, pero contraataqué con rapidez. Cuando nombré a su marido implicándolo en la trama se derrumbó momentáneamente y conseguí escuchar de sus labios algo similar a una admisión de los hechos, aunque enseguida trató de desdecirse. Como ya tenía suficiente, le dije que solo la había llamado para decirle que conocía su secreto. Me despedí y colgué.Investigación en internet.

    Sin darme cuenta, me había levantado de la silla de trabajo y me encontraba de pie frente a la ventana del despacho. Me senté y comprobé la aplicación que grababa y archivaba automáticamente las conversaciones del terminal. Escuché la conversación palabra por palabra y una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi cara. Aquel era el momento que esperaba para cerrar la investigación. Después de volcar la grabación en un pen-drive, que adjunté a la carpeta del informe y al DVD, llamé a Pizcueta. Le cité a él y a Maluenda, ésta vez en mi despacho. Intentó negociar la hora pero terminó aceptando la que le dí.

    A las dos y media de la tarde, Pizcueta y su representado acudieron a mi despacho. Leonardo Maluenda se debatía entre la satisfacción, el asombro y la decepción. Después de explicarles lo que luego podrían leer en el informe, les evité ver el video pero puse la conversación grabada y subí el volumen del portátil. La mirada de Maluenda se iluminó cuando escuchó la admisión de los hechos que Marta me había dedicado solo unas horas antes.

    Cuando terminé la explicación, Maluenda extrajo su chequera, escribió una cantidad y firmó un cheque que me entregó doblado. Al despedirse, Maluenda me dio las gracias y Pizcueta me dedicó una mirada que podría haber sido de admiración. La encaje fácilmente y me apoyé en la puerta tras cerrarla.

    Agradecí no tener que entregar al DVD a Cristina, no me gusta confirmar a nadie el engaño de su cónyuge, menos aún comunicar la noticia por sorpresa.

    Tenía hambre y la compra con la que Carla había decorado mi nevera no cumplía los mínimos para un picoteo rápido. Mientras pensaba esto, reparé en el cheque doblado que reposaba sobre mi mesa. Al abrirlo descubrí la cantidad con la que Maluenda valoraba mis servicios. Salí a comer fuera y me tomé el resto de la tarde libre.

  • Comprobar la matricula de un coche,Cap.2, p.6

    Comprobar la matricula de un coche,Cap.2, p.6

    Comprobar la matricula de un coche:

    Comprobar la matricula de un coche. La mañana del jueves prometía novedades. Intenté averiguar en Tráfico y comprobar la matricula de un coche, a quien pertenecía el Audi de la noche anterior, y lo conseguí, aunque descubrí que estaba a nombre de una sociedad y no de una persona física. Busqué el nombre de la sociedad y resultó ser una agencia de alquiler de vehículos, cuyo nombre comercial me resultó más familiar, se trataba de la empresa GERTZ. En la ciudad solo existían dos sucursales, una ubicada en el centro y la otra en el aeropuerto. Opté por comenzar por la del centro que me cogía más a mano. Entré y esperé a que atendiesen al señor que se encontraba apoyado en el mostrador, como si necesitase a toda costa un vehículo para continuar su camino. Como el mostrador era bastante reducido, tuve suerte y no me atendieron hasta que un chaval que no llegaba a la veintena conducía al señor cansado hasta un Opel aparcado cerca. La mujer que atendía el mostrador ya no cumpliría los treinta e intenté encontrar un atisbo de empatía en ella. Interpreté el papel de mujer despechada, que engañada por su marido buscaba venganza y conseguí que buscase en el directorio informático si el vehículo en cuestión pertenecía a la casa. Pude distraerla lo suficiente haciendo una llamada que se giró para atender; el teléfono estaba al lado contrario que el ordenador. En un ejercicio imposible de agudeza visual que ya no tengo, conseguí ver el nombre registrado junto a la matrícula del vehículo en cuestión. Ya había colgado antes de que la mujer descolgase el terminal y con cara de desconsuelo abandoné el local. Ya en la calle anoté en el móvil nombre y apellidos de la supuesta dama, lancé un suspiro y eché a andar con la intención de desayunar un capuccino y algo de bollería lo suficientemente tentador.
    Degustaba el desayuno y comencé a teclear el nombre en el buscador de mi terminal. Busqué de varias maneras el nombre, los apellidos, ambos a la vez y en distinto orden hasta que apareció una entrada que centró mi atención. Si lo que leía era cierto y no había ningún error en el proceso, se trataba de Marta Guerrero abogada, según el listado de una página de búsqueda de profesionales.
    Terminé con deleite el desayuno y paseé hasta el despacho esperando encontrar a Carla y escuchar su nueva situación, porque aquella mañana se había levantado antes que yo.
    Subí las escaleras a paso vivo y pasé de largo mi rellano hasta llegar a la puerta del despacho de Pablo. Me abrió con la cara descolocada, como si hubiese pasado la noche trabajando en el despacho. Agradeció el café con leche y doble ración de azúcar y me confesó la verdad: había pasado a noche de farra con un cliente y otro abogado, celebrando la despedida de “casado”. Evité preguntarle acerca del evento, necesitaba averiguar algo sobre la abogada y le lancé la pregunta a quemarropa. Me dijo que no la conocía personalmente, pero que casualmente un par de días atrás había hablado con un compañero que sí la conocía. En la conversación había salido a colación el tipo de bicho y lo avariciosa que era la “dama”. Le pregunté el año de su promoción y me dio una fecha como posible, sin certeza alguna. Tuve suficiente con aquella información y cuando la mente enfermiza de Pablo comenzaba a despertar, me largué a mi despacho escudándome en la premura de unas gestiones. Cuando llamaba al timbre para que Carla me abriera, sonó el móvil y un número con un prefijo extraño pero conocido, era Julie du Croix. La voz dulce contrastaba con la de mi amiga Fabienne. Su acento francés al hablar en español era mucho más dulce. Se interesaba por los motivos de mi llamada y le hice un resumen bastante explícito de ellos. Le conté sucintamente la historia que me había transmitido Antonio. No tardó en emocionarse cuando nombré el pueblo turolense donde se habían conocido Antonio y ella. Aquel amor pueril había perdurado también en su memoria. Ella me contó parte de su historia y me confirmó que se trataba de la “señorita” du Croix y que por eso había mantenido su apellido familiar aunque convertido en francófono. Naturalmente le pedí permiso para darle sus datos a Antonio y se mostró muy agradecida, tanto que no esperó a que se los pidiese, me dio su dirección y dos teléfonos de contacto. Al despedirme de ella sentí un profundo sentimiento de no sabría cómo llamarlo. El caso es que inmediatamente llamé a Antonio y le conté lo ocurrido, le dicté los datos y me despedí de él sin más.
    La siguiente llamada la hice al señor Maluenda, su móvil personal figuraba en la tarjeta que me había dado al final de la entrevista mantenida. Respondió de inmediato con una voz que parecía todavía más agradable por teléfono. Se encontraba en los laboratorios y aproveché la ocasión. Le pregunté si Jacinto, su yerno, se encontraba en su despacho. Maluenda fue a comprobarlo, yo aguardé al otro lado, mientras escuchaba el eco de sus pasos. Vega no se encontraba en su despacho, aproveché la circunstancia y la confianza de Maluenda. Me confirmó que Jacinto tenía en su despacho la orla de su promoción. Un pálpito me hizo continuar con el objetivo de la llamada. Le di el nombre de la abogada esperando al otro lado con cierta tensión que fue recompensada cuando Maluenda encontró la fotografía cuyo pie coincidía con el nombre que le había dado. Se mostró un poco desconcertado pero evité darle explicaciones por teléfono. Me despedí asegurándole que le llamaría después de confirmar algunos detalles más. Antes de exponerle lo que iba averiguando, necesitaba poner orden en ello, sobre todo porque de momento todo se basaba en especulaciones y suposiciones que, de todas formas, no terminaban de explicar nada.
    El siguiente paso era entrevistarme con la hija de Maluenda, sin que éste supiera nada. Decidí apostar por Pizcueta y le llamé para que concertase una entrevista con Cristina Maluenda. El motivo que argumenté resultaba vago hasta para mí, pero en aquel momento no se me ocurrió nada mejor y debía ocultar mis intenciones. Pizcueta aceptó, lo que me indicaba que, o Leonardo Maluenda había sido generoso conmigo al darle directrices, o bien el abogado había accedido por algo parecido al respeto profesional. De inmediato deseché la segunda opción.
    Durante la sobremesa sonó mi móvil, rescatándome de Carla, que me deleitaba con las conspiraciones que Axel descubría en los libros de Stulin. Era Pizcueta que me informaba de que había citado a Cristina aquella misma tarde a las siete en punto. Se lo agradecí y colgué después de él, a modo de agradecimiento. Aproveché las horas que tenía hasta la entrevista y preparé un listado de respuestas que necesitaba, así dí forma a las preguntas. Debían ser cortas y precisas, para evitar rodeos y respuestas neutras.
    A las siete menos cinco minutos volví a encontrarme con el falso general que estaba a punto de abandonar su puesto, cumpliendo su horario y que me dedicó la misma sonrisa forzada y falsa que ya conocía. La modelo me abrió la puerta del bufete y me condujo directamente al despacho de Pizcueta, parecía aprender rápido. El abogado estaba solo todavía y aproveché para exponerle parte de mis intenciones, dejando otra parte oculta. Aquello pareció satisfacerle y seguí jugando mis cartas. Cinco minutos después apareció Cristina Maluenda por la puerta y saludó al abogado que tuvo la cortesía de presentarnos. Mientras lo hacía, le comunicó a la señora Maluenda los motivos que yo le había dado previamente. Cuando Pizcueta acabó, juzgué que era el momento de tomar la sartén por el mango. Aproveché la mirada que me lanzó el abogado y le guiñé un ojo buscando su complicidad justo antes de pedirle que nos dejara a solas a las dos. Podía haberme mandado a hacer puñetas, pero decidió seguirme el juego y salió del despacho cerrando la puerta tras él.
    La señora Maluenda era bastante atractiva en general. Un cuerpo agradecido que lucía ropa de primera calidad y última colección. Una mirada que recordaba a la de su padre y un porte que no dejaba lugar a dudas del estrato social que ocupaba. Tan solo la afeaba una nariz ganchuda y prominente, que a algunos ojos pudiera haber resultado interesante, no era mi caso. Si su padre se me antojaba una mezcla entre Fernando Schwartz y Pierce Brosnan, ella era una mezcla entre Anne Igartiburu y Mariló Montero. Había observado su reacción ante la escena a la que acababa de asistir, y vi en su mirada cierto desconcierto. Era lo que esperaba y decidí continuar según mi plan. Sin darle tiempo a reaccionar comencé las preguntas con una muy breve explicación en la que procuré dejarle claro que trabajaba para su padre y que no tenía nada contra ella, pero que para poder terminar mi trabajo necesitaba que despejase algunas de mis dudas. Cristina, todavía sorprendida asentía a mis palabras con la cabeza mientras apretaba los labios. Probablemente se preparaba para omitir darme cierta información, pero mis preguntas la dejaron sin defensa por el puro hecho de que no las esperaba. Más que preguntando, comencé afirmando lo que ya sabía solo para que ella supiera que yo lo sabía. Efectivamente, solo ella y su padre conocían todos los detalles de los ensayos clínicos. A la segunda pregunta respondió que no hablaba de ello con nadie. Volví a afirmar lo obvio, su marido trabajaba en la empresa familiar, realizando los trámites de las patentes. Dos frases después, reconoció que, aunque su marido no conocía los detalles, sí hablaba con él de trabajo en casa y desde luego lo hacía con detalles. De algo tenían que hablar, y estaba claro que no era de su relación. Me aclaró que la labor de su marido era puramente jurídica y de que sus conocimientos de farmacología eran menos que básicos. Yo tenía las respuestas que necesitaba y dí por terminada la entrevista. Se lo hice entender amablemente a Cristina y abrí la puerta del despacho buscando a Pizcueta con la mirada. No tardé en encontrarlo, estaba sentado en la mesa de la modelo, revisaba el contenido de una carpeta como quien hojea sin interés una revista. Decidí ponerme a la altura de Cristina en cuanto a confianza y llamé a Pizcueta por su nombre de pila. Él levantó la mirada y se puso en pie para recuperar su despacho. Abandoné el bufete prometiendo a ambos que volveríamos a vernos pronto.

  • Detectives en el extranjero,Cap.2, p.5

    Detectives en el extranjero,Cap.2, p.5

    Detectives en el extranjero, investigaciones en Francia.

    Detectives en el extranjero. Aunque no dejaba de darle vueltas al encargo de Maluenda, tampoco podía ocultar una cierta desazón por confirmar los datos de Fabienne y poder darle una buena noticia a Antonio. Y así, entre la ternura y el más básico pragmatismo llegué al despacho. En google aparecieron varias entradas cuando tecleé el nombre copiado de la pantalla del móvil. Julie du Croix; había traducido literalmente su nombre a su lengua adoptiva;  aparecía en la página del colegio Adrienne Bolland en Bessières, una población ubicada en el distrito de Toulouse, al sur de Francia. Al pie de foto, se podía leer algo que acerté a traducir por algo así como “fiesta de jubilación y homenaje a una vida dedicada a la enseñanza”. Me pregunté si acabaríamos siendo detectives en el extranjero. La fecha de la publicación se remontaba ocho meses atrás, era lo suficientemente reciente como para intentar localizarla en la misma población. Era lo bastante temprano para suponer que la secretaría del colegio respondería mi llamada. Mi francés no es demasiado fluido, pero tuve suerte y la voz amable y cálida al otro lado se esforzó lo suficiente para entenderme. La señorita du Croix residía en su domicilio habitual, de hecho seguía colaborando en algunas actividades del colegio. No quiso darme ningún dato más, lo que me pareció lógico y respetuoso, pero sí accedió a tomar nota de mi teléfono y a comunicar a “mademoiselle” du Croix mi llamada. La había llamado “señorita”,  y no acerté a imaginar si se trataba de una realidad o de un simple lapsus. Al colgar me sentía mejor, más liviana, mientras imaginaba el momento de darle la noticia a Antonio. Volví a poner los pies en la tierra y me recordé que aún debía devolverme la llamada, y que en caso contrario, debería confirmar que se trataba de la persona que buscaba.

    Me centré en la conversación que minutos antes había tenido y tomé unas notas en una hoja a vuelapluma. Traté de hacer una composición de lugar con lo que había sacado de Maluenda. El resultado fue que no cuadraba en absoluto la escena que se había dibujado en mi mente, fruto de la entrevista con Pizcueta, de la que ahora se componía hilando las notas extraídas de lo expuesto por Maluenda. Intenté diseñar un plan de investigación, pero no tenía nada, así que decidí comenzar por donde me indicaba el cliente. De una u otra forma, si había algo lo encontraría.

    La investigación no se hizo esperar y al día siguiente me puse manos a la obra. Jacinto Vega residía, como la mayor parte de la clase media alta, en una urbanización del interior de Valencia, una de esas zonas apartadas y con muy pocos servicios cerca. Era un lugar con poca y mala accesibilidad que tanto odio; una de esas fortalezas disfrazadas de urbanización elitista, que parecen ciudades fantasma. Los temas que me llevan a lugares similares acaban convirtiéndose en retos personales que, por las dificultades añadidas, suponen una motivación extra donde me empleo a fondo. Esta vez no fue diferente y me convertí en la sombra de Jacinto Vega durante dos días completos. Durante el tercer día, estaba pensando en cambiar de estrategia cuando me sorprendió aquel tipo simplón y de costumbres casi obsesivas, con la compañía de una mujer que no era Cristina Maluenda, a quien conocía por algún artículo que había leído en revistas de farmacología, donde aparecía fotografiada junto a su padre en el hall de los laboratorios KNESIS.

    Aunque me sorprendía, el hecho era que Vega estaba con una mujer, en una actitud acaramelada. Aunque quizá “acaramelado” resultaba un término excesivo dado el carácter de mi investigado. La mujer se conducía con seguridad y daba la impresión de manejar la situación, lo cual tampoco sorprendía. Entraron en el vehículo del investigado y Vega condujo hasta un hotel del extrarradio. El poco tiempo que se detuvieron en la recepción del hotel, me hizo sospechar que ya habían estado antes, al menos ella, porque se limitaron a pedir la llave de su habitación a la joven que atendía la recepción del hotel. Detectives en el extranjero.

    Esperé otras dos horas y media hasta que decidieron salir de la habitación para comer algo en la terraza que hacía de comedor exterior. Después otra hora más hasta que mi investigado salió solo en su vehículo del parking del hotel. Durante las horas de espera tuve tiempo de valorar qué me interesaba más hacer en aquella situación. Ella parecía más interesante a mi investigación que el señor Vega y dejé marchar el Infinity gris al encuentro de su esposa, la señora Maluenda. El hecho de que se quedara sola en el hotel me pareció extraño y supuse que no tardaría en abandonarlo. Esperé el resto de la tarde frente a la puerta principal del hotel, con la suerte a mi favor, porque el parking solo tenía una entrada y salida y ambas se encontraban en la misma fachada del edificio. Mientras esperaba intenté identificar, en las ventanas iluminadas ya algunas por la hora crepuscular, alguna de las sombras que se insinuaban, desdibujadas tras las cortinas. Ya me veía pasando allí la noche a la espera de ver salir a la dama y seguirla hasta donde me llevase al día siguiente, cuando unos faros iluminados anunciaban un vehículo que abandonaba el aparcamiento. Dada mi posición, aparcada frente al hotel, tuve que esconderme para no ser vista por el o la conductora. Cuando el haz de los faros me indicó que el vehículo había girado, me incorporé y pude ver a duras penas a la dama conduciendo un A3 gris metalizado y cuya matrícula que me apresuré a anotar. Pensé en seguirla, pero decidí no apostar mi suerte, ya que no había muchos más vehículos y tenía más datos que cuando había comenzado el día.

    La noche ya se había aferrado al cielo cuando regresaba al despacho, y de camino me llamaba Carla preocupada porque no había dado señales de vida en todo el día. Aquello consiguió hacerme sentir culpable por mi gesto de la mañana. Había sido un día muy largo y la invité a cenar dudando de la naturaleza de la compra con la que Carla habría llenado la nevera.

    Cenamos en la cervecería de cuño español y ambientación germana situada frente al portal del despacho, me ví de nuevo, como los detectives en el extranjero. Creía ya terminado el día cuando descubrí con cierta ansiedad que no era así. Carla comenzó otro de los capítulos surrealistas de su relación con Axel. Habían quedado aquella misma tarde y todo parecía apuntar que la relación podría retomarse si se cumplían ciertas premisas impuestas de forma condicional por ella. El brillo de sus ojos mientras me contaba lo que habían hablado durante el café, contradecía la solemnidad de las palabras de Carla cuando pretendía mantenerse en sus trece si Axel no cumplía las condiciones de la tregua. Me obligué a escucharla solo por poder darle el consejo cuando al final de su narración me lo solicitase. Luchaba contra el bostezo y un mensaje entrante me dio la excusa para bajar la mirada y disfrazar mi bostezo mientras miraba la pantalla del móvil. Mi hermana había vuelto a discutir con su marido y buscaba un hombro telefónico en el que llorar. Pagué y salimos hacia el despacho, Carla esperando el consejo que no había pedido y yo deseando que mi hermana estuviera, al menos, tan cansada como yo.

  • Registro marcas y patentes,Cap.2, p.4

    Registro marcas y patentes,Cap.2, p.4

    Registro marcas y patentes: ¿estás seguro que no te han copiado?

    Registro marcas y patentes . Era miércoles y un martillo hidráulico se había adelantado al despertador haciéndome despertar con un humor de perros. Apagué el despertador antes de que cumpliese su cometido, me duché, me vestí y odié a Carla por no haber sido despertada por tan vil sonido. Las preguntas estaban esperando en la mesa de mi despacho, las repasé y repasé también la charla que había tenido con Pizcueta. Todo era poco para preparar aquel tema que de alguna forma me pareció extraño desde el principio. Algo me decía que iba a ser complicado.

    A las once en punto volví a encontrarme al señor disfrazado de general que me recibió con su falsa sonrisa y sus gestos exagerados. “¿Qué? a ver a don Álvaro… no le contesté y subí por las escaleras para no tener que esperar el ascensor. Me abrió la puerta una de las modelos de “Pret a Porter” del bufete, que me aparcó en la sala de espera con una ceja levantada a la que respondí levantando las dos. Pizcueta salió a recibirme, y por la cara de la modelo, supuse que había sido amonestada por no hacerme pasar a su despacho directamente, lo que me gustó.

    Quemamos la media hora que esperamos a Maluenda en charlar de cosas vanas. La misma modelo hizo pasar a Maluenda al despacho, ésta vez con la mirada gacha y el rabo entre las piernas. Cuando pensé esto último, una sonrisa escapó por un descuido de mis labios.

    De repente reparé en Maluenda. Leonardo Maluenda, así me lo presentó Pizcueta, era un hombre que se mantenía estoicamente en una edad indeterminada entre los cincuenta y los setenta años, y no hubiese sido capaz de concretar en qué tramo de esas décadas. Vestía un traje negro y una camisa azul sobre la que descansaba la corbata de cuidado nudo, a rayas y sin llamar la atención. Todo en el parecía cuidar de no llamar la atención, salvo una mirada profunda que parecía escrutar todo aquello en lo que se posaba. Ésta vez era yo el objeto escrutado y salí de mis pensamientos en el justo momento en que Pizcueta nos presentaba.

    Maluenda alargó su mano para estrechar la mía, y sin apenas darme tiempo de decir nada comenzó a disculparse. Había tenido que viajar a Munich, a la oficina europea de patentes y marcas, la OEMP. Él y su gabinete jurídico se habían desplazado con la mayor celeridad dado el plazo de que disponían para presentar un recurso ante semejante órgano. Entregarlo en la oficina española o mediante alguno de los métodos ofimáticos hubiera supuesto perder un tiempo del que no disponían.Registro marcas y patentes.

    Aún no había terminado su explicación y yo ya me encontraba perdida en aquella vorágine verbal. La posibilidad de que aquel hombre pensara al mismo ritmo que hablaba, me produjo un escalofrío, entonces lo oí continuar.

    La última batalla que estaba librando se denominaba M.A.D. Meta-aspartamo-dopamina, un fuerte analgésico de nueva factura y síntesis revolucionaria, que eliminaba cualquier posibilidad de que el organismo crease adicción alguna. El recurso, según logré comprender, se basaba en las fechas de los análisis clínicos realizados en cobayas. Éstos, desdecían la declaración de los laboratorios que habían presentado quince días antes una patente con sospechosas similitudes en las virtudes de su fármaco.Registro marcas y patentes.

    Maluenda pareció darse cuenta de algo en mi gesto y, de inmediato, derivó el rumbo de su oratoria. “Disculpe, debía darle una explicación de porqué no me reuní con usted personalmente en la entrevista que tuvo con Álvaro…”. La muestra de cercanía que tuvo con el abogado me sorprendió. “…y ahora, si le parece, responderé a sus preguntas”.

    Tras reconocerle las excusas y hacerlas innecesarias pasé a preparar la batería de preguntas que tenía preparada, sin embargo solo pude articular las que quisieron acudir a mi cabeza.

    Los enemigos eran todos tan previsibles como lo contrario. Los empleados descontentos podían surgir en cualquier momento, ya que la sociedad tenía algo más de doscientos empleados en nómina y otros cien externos, autónomos o por cuenta ajena. A juicio de Maluenda, la “industria” (refiriéndose a la farmacéutica) mueve demasiado dinero como para que nadie caiga, de vez en cuando, en la tentación.Registro marcas y patentes.

    Antes de preguntarle por qué sospechaba de su yerno, di un paso adelante y le pregunté cómo calificaría el matrimonio de su hija. Un silencio siguió a mis palabras y me hizo dudar de si había sido demasiado directa, pero Maluenda se aclaró la garganta y clavó sus ojos verdes en mí para desviar la mirada después. El dolor de aquel a quien traiciona un hijo se dibujó en su rostro. No sabría decir porqué, pero así me lo pareció, sólo entonces comprendí que Jacinto era para Maluenda como un hijo. Atajé la conversación lo máximo que pude, y propuse alguna pregunta más como quien pone gasas sobre una herida.

    Justo cuando la entrevista se acercaba a su fin, brotó de mis labios la pregunta que creí haber esquivado y la solté a quemarropa. El motivo de sospechar de su yerno, no era otro que la necesidad de no dudar de su propia hija, ya que sólo él y su hija Cristina conocían los detalles de los ensayos clínicos. Sospeché que estábamos llegando a un punto de no retorno en aquella conversación y decidí ponerle punto final. Ultimé algunos detalles de la investigación, mientras le extendía un ejemplar de contrato para que lo firmara por duplicado. A Pizcueta le faltó tiempo para ojear el contenido del folio, demostrando lo propio de su gremio, reparó en mi mirada y se recostó de nuevo en su sillón. Me despedí de ambos de forma sincera y cortes y me apresuré a salir para comprobar mi móvil. Aunque se encontraba en modo reunión, no había dejado de vibrar desde la llegada de Maluenda al despacho.

    Tres llamadas de Fabienne y un mensaje explicaban tanto tráfico vibrante. Mi amiga había localizado a alguien que respondía a los pocos datos que le pude facilitar. Le devolví la llamada de camino al despacho, tomé nota mental de los datos, pero le pedí que me enviase los datos en un mensaje. Fabienne me respondió con una pregunta, tenía razón, no había leído el mensaje en el que me los enviaba.

  • Colegio detectives Valencia: Cap.2 p.3

    Colegio detectives Valencia: Cap.2 p.3

    Colegio detectives Valencia: «la certificación clave»

    Colegio detectives Valencia: La mañana siguiente desperté con una extraña ligereza que achaqué a dos circunstancias. La primera era el hecho de que había aceptado la posibilidad de que Pizcueta no contara conmigo para la investigación, y la segunda, y más cierta, la historia que había escuchado de labios de Antonio la tarde anterior. Era del tipo de historias que te hacen recuperar algo de la fe perdida en el ser humano a base de asomarse a los secretos de tantos de ellos.

    Con legañas aún en los ojos, encendí el ordenador y le dí tiempo mientras me aseaba y desayunaba algo. Carla estaba de ocupa en la habitación auxiliar y se desperezaba cuando recorrí el pasillo con mi segundo café en la mano. Googleé a la novia perdida con los escasos datos que Antonio me había confiado sin ningún éxito, cosa que, por otro lado, esperaba. Me quedé ante la pantalla con la mirada perdida y decidí imprimir todos los informes para encuadernarlos y ponerles el certificado del Colegio de detectives privados Valencia. Pensé en la costumbre de los abogados de avisarme con el tiempo justo para que prepare las ratificaciones de los juicios y decidí adelantarme a los acontecimientos e hice las gestiones en el Colegio detectives Valencia.

    Sonó el teléfono y me sobresaltó por lo temprano de la hora, eran las ocho y media. Era mi amiga Fabienne, una francesa con un acento que no deja lugar a dudas de su procedencia y un humor negro y contagioso. Estaba por el centro y me invitaba a tomar algo para charlar un rato. Una visita profesional postergada le había dejado un par de horas libres. Como mis informes se encontraban al día y la búsqueda de la novia emigrada no daba más de sí, de momento, acepté la invitación y dejé a Carla para que terminase de despertar y se pusiera en marcha.

    Fabienne me esperaba en el mercado de Colón, en uno de los locales. Ya había pedido y despachaba una ensaimada y un cappuccino. Sonreí al verla con azúcar glas en la punta de la nariz. En el momento en que la iba a saludar, en mi mente se ligaron dos ideas. Fabienne es periodista de “Le Petit Journal” y mi novia emigrada se encontraba presuntamente en Francia, así que sin darle tiempo a que comenzase a hablar, le expuse el tema y tomó nota del nombre del que yo disponía. Fabienne había insistido en que probase una de aquellas ensaimadas y es difícil llevarle la contraria, de manera que hora y media después caminaba hacia Correos con dos desayunos en la tripa y sin demasiadas ganas de correr.

    De regreso al despacho me detuvo el móvil con una llamada de Antonio, que aportaba un dato rescatado de su memoria, Julia quería ser maestra, se lo agradecí, tomé nota mental y le envié un mensaje a Fabienne para que sumase aquel dato  al escueto listado.

    A última hora de la tarde se puso en contacto conmigo el desterrado de mis planes Pizcueta. Me informaba de la cita que había concertado en su despacho para media mañana del día siguiente. El día había pasado de forma agradable, certificar la documentación en el  Colegio detectives Valencia era clave para continuar, aunque poco fructífero con relación a la búsqueda de Julia. Una gestión de última hora me iba a hacer salir tarde para regresar más tarde aún. Una junta de vecinos conflictivos exigía una grabación con cámara oculta, ante la posibilidad de agresión a la administradora y al presidente de escalera. Este era el tipo de temas que hacen que pierda la fe en el ser humano. La junta terminaba a las doce de la noche, no sin la intervención de varios vecinos que se interpusieron entre el conflictivo y mis clientes. Teresa, la administradora me invitó a un vino que acepté gustosa para relajar la tensión de tan larga y abrupta junta de vecinos. Me despedí y tomé un taxi hacia casa con la intención necesaria de preparar una batería de preguntas que Maluenda debería responder al día siguiente.

  • Busco detective privado Cap.2, p.2

    Busco detective privado Cap.2, p.2

    Busco detective privado con confidencialidad

    Busco detective privado: Leonardo Maluenda, el patriarca de la familia había encargado a Pizcueta que investigase la posible filtración de información desde sus centros de investigación. Aquello les había costado la pérdida de dos posibles patentes en las que se les habían adelantado otros laboratorios. Unas pruebas con unos antibióticos de nueva factura, que les habían supuesto unos costes considerables, habían quedado en meras pruebas cuando unos laboratorios de la competencia habían sacado al mercado, quince días antes, un producto extrañamente similar al que ellos pretendían patentar.

    Maluenda sospechaba de su yerno, un tal Jacinto Vega. Había pasado a formar parte de la familia apenas tres años antes, fecha desde la cual los laboratorios habían tomado un rumbo distinto, ni bueno, ni malo, me dijo Pizcueta cuando le pregunté, simplemente distinto. Supuse que Maluenda había dado instrucciones a su abogado acerca de lo que debía y lo que no debía decir cuando me expusiera los hechos.

    El señor Vega, como me lo presentó Pizcueta era abogado y trabajaba para la casa tramitando las patentes.

    De todos modos, como informé al modelo jurídico de pasarela, necesitaría hablar directamente con el cliente. Dada la naturaleza de la investigación iba a necesitar detalles que el señor Maluenda conocería con mayor precisión que su abogado.  Pizcueta hizo un mohín de fastidio que desapareció ante mi sonrisa de circunstancia, y me informó de que Maluenda no estaría disponible hasta dos días después por un viaje de negocios en el que se encontraba. Quedé con Pizcueta en que me llamaría cuando su cliente pudiera y que volveríamos a vernos.

    Al salir del edificio tenía la fría sensación de que el abogado llamaría a otro compañero,busco detective privado, al que le bastase con los datos y directrices que él le diera y caminé hasta una cafetería ante la necesidad de picar algo. Mi estómago rugía como un león hambriento y mi nevera no tenía capacidad para aplacar los rugidos. Un pincho de tortilla después me dirigía a acometer la montaña de trabajo que me esperaba en mi mesa cuando me topé de bruces con Carla que salía del despacho a comprar algo para llenar la nevera, lo que me complació enormemente. Antes de salir zumbando hacia el “super”, me informó de que había llamado un señor que quería contratar nuestros servicios para localizar a una persona y que se pasaría a primera hora de la tarde, busco detective privado . Aquello me dejó clavada en la acera mirando el reloj y lamentándome porque aquello significaba que aquella tarde tampoco iba a ser toda para dedicarla a quitarme trabajo de encima.

    Cuando sonó el timbre y Carla atendió el videoportero, yo acababa el informé que había empezado hora y media antes con la certeza de que no lo terminaría, lo cual me satisfizo y colaboró a mejorar el humor para recibir al cliente.

    Se trataba de un señor mayor que rondaría los setenta años. Tenía una mirada clara y amable que contagiaba benevolencia. Busco detective privado comentó, y lo invité a pasar y le ofrecí el café que necesitaba yo. Carla acercó dos cafés y un tazón de té para ella. La mirada del cliente me indicó que necesitaba cierta intimidad y lo hice pasar a la sala de juntas cerrando la puerta tras de mí. Comenzó su narración, era una historia bonita llena de recuerdos agradables, con dosis de verdadero amor y una mirada nostálgica perdida en el tiempo. Pretendía localizar a su antiguo amor de juventud y ese tipo de encargos resultan muy empáticos. El hecho de ayudar a alguien a recuperar la ilusión del amor cincuenta años después puede compensar de los malos tragos de ciertas investigaciones. Sin embargo el pragmatismo y la desconfianza impregnadas en la piel me hicieron dudar y le pedí amablemente que me contase la historia con todos los detalles que recordase para comprobar, a mi buen entender, la legitimidad del encargo y las buenas intenciones del cliente.

    Retomó la historia desde el principio y me la contó con la mirada recorriéndola como si la viese en aquel momento. Él se llamaba Antonio y ella Julia, más de cincuenta años separaban la historia del presente. Ambos veraneaban en un pueblo de Teruel, del que eran oriundos sus padres. Los de él se habían desplazado a Valencia, donde habían ido a vivir con unos primos en busca de un futuro mejor. Los de ella habían tenido que emigrar a Francia para dedicarse a la vendimia y donde habían comenzado a echar raíces. Con los años habían dejado de viajar al pueblo de Teruel y un buen día dejaron de ir. Antonio había mantenido correspondencia con Julia durante algunos años, por lo que disponía de una dirección que con el paso de los años había quedado obsoleta y, de donde no había vuelto a recibir noticias de Julia. Los únicos datos que Antonio me pudo dar en ese momento eran el nombre y primer apellido de Julia, una dirección, que de poco me iba a servir y la dudosa certeza de que Julia había permanecido en Francia durante el resto de su vida. Por otro lado cabía la posibilidad de que ella hubiese fallecido, lo cual daría al traste con cualquier ejercicio de búsqueda. Informé a Antonio de aquella y otras posibilidades, quizá menos amables, y le pregunté el motivo de quererla localizar justo ahora. Lo hice esperando una respuesta que suelo escuchar en situaciones similares, pero me dijo que había enviudado cinco años antes y que hacía dos había encontrado las tres últimas cartas que había enviado a Julia y que le habían sido devueltas. Aquello había despertado algo en su interior que le había llenado de ilusión y que no quería perder la oportunidad de saber algo de Julia sin intentarlo. Su respuesta me conmovió y lo despedí con una agradable sensación agridulce y la necesidad de intentar ayudarle.Busco detective privado.

    El resto de la tarde y gran parte de la noche las dediqué a ir quitándome de encima informes pendientes, Carla me ayudaba con la edición de videos y localización de fotogramas que íbamos ubicando conjuntamente según los informes dictaban.

     

  • Detectives abogados, Cap. 2, p. 1:

    Detectives abogados, Cap. 2, p. 1:

    Detectives Abogados esa relación imprescibible.

    Detectives abogados: De regreso al despacho, Pablo, un abogado penalista y también de civil, cuyo despacho está justo encima del mío, se interpuso en mi camino amenazándome con no hablarme más si volvía a rechazarle otra invitación a un café. No era más cafeína lo que necesitaba, pero acepté la invitación y ambos desviamos nuestros trayectos en pos de una cafetería tranquila y cálida para charlar. Mis motivos me conducían, como los suyos a él. Llevaba tirándome los tejos desde hacía dos años y yo había pecado de no ser lo suficientemente clara. Quizá tampoco lo intenté. detectives abogados con sus cautelas propias.

    Mi objetivo, en cambio, era sacarle información acerca del abogado que me había dejado aquel taxativo mensaje en el contestador, Álvaro Pizcueta.

    Pablo comenzó sin tregua a jugar con su corbata, un gesto que delataba su coqueteo, mientras trataba de informarse acerca de mis planes para el fin de semana. Yo no quise enfriar demasiado el ambiente recordándole que estaba casado, así que finté y le pregunté sin preámbulos por el tal Pizcueta.

    Creí haberle dicho algo ofensivo por su reacción. Le costó desembuchar, pero enseguida comenzó una síntesis de las andanzas del pollo. Me sorprendió el relato. Se trataba de un auténtico tiburón que pasó de tener un pequeño despacho en las afueras a dirigir uno de los bufetes más caros y sofisticados de la ciudad. La procedencia de sus ingresos no dejaba lugar a dudas, trabajaba casi en exclusiva para el grupo KNESIS, un holding farmacéutico con intereses en todo tipo de ramas del sector de la salud. Pablo lo conocía desde que tuvo que lidiar con él en un proceso penal, representando a un particular que acusaba a la farmacéutica de negligencia en los controles de calidad. Me decía que se lo comieron con patatas sin siquiera opción al pataleo. Quedaba claro que cuando se muerde a uno de los grandes hay que tener los dientes afilados y ese no era el caso, ni siquiera con muertes de por medio. Detectives abogados una relación imprescindible que comenzaba a gestarse.

    Terminé mi café extra y alegué el exceso de trabajo que me esperaba en el despacho para largarme sin responder, de palabra, a su invitación de fin de semana romántico. Ni era mi tipo ni era el momento. Mi concepto de los abogados suele oscilar tanto como el rango de personas con las que trato, sin embargo debo reconocer que no me parece un colectivo demasiado sano. En eso no se distinguen mucho del resto de colectivos que estamos expuestos a las virtudes del sistema y a la verdadera naturaleza humana. Quizá se trata más de desesperanza y pérdida de fe, que de colectivos profesionales como detectives abogados.

    Alvaro Pizcueta y Albarde resultó encantador cuando le devolví la llamada. Me citó, previa consulta de la agenda, en su despacho de Cirilo Amorós. El edificio situado junto a una iglesia cargada de símbolos masones, es una construcción de principios del siglo pasado, en el que todo resalta por lo recargado y vistoso. Formas, materiales y tamaños resultan exacerbados nada más visualizar su fachada. En el portal cerrado, un conserje vestido de capitán general me escrutó con la mirada mientras preguntaba a donde me dirigía. Debo reconocer que el uniforme dio cierto peso a sus palabras, aportándoles autoridad. Cuando le recité nombre y apellidos de “don Alvaro”, como lo llamó el conserje, una sonrisa con aura de hipocresía, iluminó su cara y me indicó el camino con una reverencia solo apuntada por una leve inclinación del cuello.

    Tras llamar al timbre, me recibió una chica que me condujo hasta la sala de espera. Pude escuchar a alguien voceando excitado y con cierta agresividad. A pesar de mi fino oído no conseguí entender sus palabras. La modelo de alta costura que hacía de recepcionista, me condujo a los pocos minutos hasta el despacho de don Alvaro. Al verlo me cuestioné seriamente el hecho de que realizaran casting para formar parte de la plantilla de aquel despacho. El espécimen en cuestión era guapísimo. De repente me imaginé como la protagonista de Erika Leonard James en el momento en que conoce a Grey. El adonis se presentó amable y me invito a tomar asiento. Lo hice junto a una gigantesca mesa de reuniones que gobernaba un despacho moderno y espacioso, lleno de lujos. Resultaba obvio que las cosas no le iban nada mal. Su aspecto denotaba cierto cansancio, quizá un día duro. El pelo alborotado y un nudo de corbata un tanto suelto, así parecían confirmarlo. Tras los comentarios de rigor, me explicó el motivo de contactar con Ábaco Detectives. Conocía nuestra forma de trabajar a través de un caso común, e hinchó mi ego hablando de nuestra forma de enfocar las investigaciones, la objetividad de la que hacíamos gala, incluso recordaba la ratificación del informe ante el juez, que calificó de muy diligente. Después congeló mi gesto al afirmar que nuestro informe, que le había deslumbrado de tal forma, le había hecho perder aquel juicio. Para desgracia de ambos, en aquella ocasión no había sido nuestro cliente. No quiso darme más detalles acerca del asunto y decidí  no indagar, tenía mis propios medios para informarme, después de todo yo era la detective. No dejó de sorprenderme la forma en que mi mirada se posó en su cara, su cuerpo, su… no suelo ser tan descarada y menos con un cliente. Fue entonces cuando mi Grey particular entró en materia sobre lo que necesitaba en esa ocasión.

     

  • Capítulo I. Bloque 10: DETECTIVE PRIVADO AMPLIANDO HORIZONTES Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 10: DETECTIVE PRIVADO AMPLIANDO HORIZONTES Ábaco detectives Valencia.

    Algo más de media hora les llevó la visita, de la que salió el coloso, a gatas de nuevo, y el dandi con una mochila de cuero bastante abultada. Pretendí seguirlos, pero un coche desvencijado los recogió y yo no tenía ni vehículo ni taxi a quien meter en una persecución. Me consolé pensando que aún debían confirmarme si la identidad del investigado era la correcta. Caminé hacia aquel bajo con discreción por si escuchaba o veía algo. No sucedió ni lo uno, ni lo otro y después de un par de garbeos para fisgar, continué mi visita de detective privado ni turística ni guiada.

    Completé una más que fructífera visita por la ciudad. Desde las antaño heréticas callejuelas del Zoco Chico hasta las vanguardistas terrazas llenas de cafés, donde se reúnen nacionalidades muy variadas. Recorrí la ciudad hasta que el sol marcó la hora de regresar al hotel, o dicho de otro modo, hasta que una comitiva de coches negros como zapatos de charol estuvo a punto de atropellarme en su camino hacia el antiguo palacio de Mendoub. Se trata de una construcción de 1929 situado al norte de la ciudad, que sirve en la actualidad como edificio de acogida a destacados huéspedes extranjeros. Quizá la comitiva trasladaba a algún destacado emisario internacional y poco les importaba la integridad de una detective valenciana.

    Con el tiempo justo de llegar al hotel, darme una ducha y vestirme, al bajar a recepción con la intención de tomar el aire, me encontré con Cecilia que ya me esperaba para conducirme por las calles de Tánger en busca de algún lugar donde cenar.

    Tuve suerte porque el recorrido fue diferente al que yo había hecho durante la tarde. Me condujo por el centro de la medina hasta el Zoco Grande. Allí nos detuvimos en un pequeño bar donde, al parecer, conocían a Cecilia. El local se llamaba Al-Khasar y nos sirvió sus especialidades: carne picada especiada y verduras con un delicioso y crujiente rebozado. El hecho de que conocieran a Cecilia, ayudó a romper el mito de que en Marruecos no se bebe alcohol, ya que nos sirvieron un engañoso vino cuya etiqueta me sorprendió con sus letras árabes. Cecilia me contaba alguna historia acerca de algo denominado “majoun”, una especie de droga marroquí, con denominación de origen. Sin embargo, yo no estaba demasiado atenta a su conversación porque vi aparecer a aquel grandullón que había visto por la tarde acompañando al tal Jamil Balais. Estaba apoyado en la marquesina de la puerta del bar, parecía esperar a alguien. Yo desde luego deseaba que así fuese y que no se encontrase siguiendo mis pasos. Eso hubiera significado que yo había metido la pata sin saber en qué.

    Me tranquilicé cuando apareció un tipo de similar complexión haciéndolo entrar en el local. Intenté encogerme para que no pudiesen verme y me lo facilitó el hecho de que ocupasen una de las mesas próximas a la puerta. Traté de prestar atención a lo que hacían, sin resultar impertinente a mi anfitriona. Resultaba difícil y por un momento me sentí mal al haberle ocultado mi profesión, pero decirle que dirigía una agencia de detectives en Valencia, no hubiese mejorado el momento. Culminamos la cena con un té de jazmín, clavo y jengibre, que además de ser una delicia, permitió esperar a que aquellos grandullones saliesen del bar antes que nosotras.

    Mi cicerone particular decidió llevarme dando un paseo a uno de los lugares donde la noche tangerina ofrece un espectáculo grandioso. El Café Hafe es un local de nueva factura, al menos más moderno que los locales visitados hasta entonces. Situado en lo alto de los acantilados junto a la plaza de Faro, ofrece las mejores vistas de la medina, el puerto y la bahía.

    No sabía qué decir y se me ocurrió preguntarle por algún Hamman para mujeres. Se rió y me miró extrañada. Comprendí enseguida mi ignorancia sobre la cultura islámica. Paseamos de nuevo hacia el centro y encontramos la calle Liberté, una de las arterias comerciales de la ciudad moderna. Cecilia continuó siendo la guía perfecta y me enseño el café de Paris y el Hotel Minzah donde, me dijo, habían sido habituales personalidades del arte y la literatura de finales del XIX y principios del XX. “Una época dorada para el teatro Cervantes”, declaró con melancolía.

  • Capítulo I. Bloque 9: DETECTIVE PRIVADO VALENCIANO PROFUNDIZANDO EN EL ZOCO Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 9: DETECTIVE PRIVADO VALENCIANO PROFUNDIZANDO EN EL ZOCO Ábaco detectives Valencia.

    Un tipo de edad avanzada se quedó observándome mientras yo miraba la puerta de aquel reducto de masculinidad. La sensatez me decía que no debía entrar, pero mi instinto de detective privado la tumbó empujándome dentro. Poco tardó un desgarbado recepcionista, en increparme algo en su lengua que yo ignoré. Procuré recuperar los resquicios del pobre francés que las monjas intentaron inculcarme, y pretendí hablar con el gerente. El recepcionista debió entenderlo porque se cayó y se adentró tras una cortina que en algún momento debió ser color salmón o algo parecido. Al momento salió por la misma cortina un tipo de porte nobiliario, con una perilla perfectamente recortada y una mirada verde hipnotizante. Cuando recuperé la conciencia le pregunté por el señor Balais. Aunque sus palabras decían no conocerlo, me pareció que su mirada lo traicionaba. Sin más explicaciones y mediando disculpas, me largué con la satisfacción de que el nombre, fuera falso o no, era conocido.

     

    Lo complicado de encontrarse fuera del hábitat conocido, es la falta de recursos, o mejor dicho, el desconocimiento de los mismos. En una oficina de tráfico, quizá, pudiese confirmar la propiedad del vehículo que había aparcado a la puerta del “hamman”, y que había salido con prisa a los dos minutos de irme yo.

     

    Mientras el gerente del local distraía mi atención con sus facciones y su mirada, había conseguido unas cuantas imágenes con la pequeña cámara que siempre llevo conmigo. Debía enviarlas al cliente para que lo pudiera identificar, antes de continuar. Eso hice cuando conseguí llegar al hotel, después de otra larga hora como un ratón en un laberinto.

     

    Mientras esperaba la respuesta del cliente, decidí dar un paseo por la ciudad que tanta leyenda había acumulado, siendo un auténtico hervidero de espías durante las décadas de los 40 y los 50.

     

    La hora de la comida me atropelló sin aviso ni apetencia y entré a un pequeño bar para tomar un típico té, en un tópico gesto turista. Mi acento al pedir el té en francés, debió delatar mi origen a la mujer sentada a la mesa junto a la ventana. Tras comprobar mi origen hispano, me invitó a su mesa y se presentó como Cecilia. Yo mentí acerca de la naturaleza de mi ocupación, ella me confesó la suya. Era la directora del Instituto Cervantes en Tánger.

     

    Yo no tenía demasiadas verdades que contarle y tampoco era cuestión de presentarme como detective privado de Valencia así que la escuché a ella. Se encargaba también de mantener activo el teatro Cervantes a base de actividades, pero el teatro estaba a punto de caerse por falta de fondos para restaurarlo. Me contó la historia del acaudalado matrimonio español que le encargó construirlo en 1911 al arquitecto Diego Jiménez. Había sido el teatro más grande de África, lo que no me pareció un mérito tremendo, aunque debo reconocer que mi conocimiento de los teatros africanos es bastante limitado. Al parecer, después de asumir unas pérdidas excesivas, el matrimonio lo había cedido al Estado español. Como si eso fuera una garantía de salvación, pensé.

     

    Cecilia me pareció una persona inteligente y me iba a ser muy útil conocer a alguien en una ciudad de la que no conocía el idioma. Acepte su invitación y la imité con una cena al lugar a que ella me llevase.

     

    Continué mi paseo convirtiéndola en una visita ni turística ni guiada, que me llevó al centro y de nuevo al “hamman” de aquel fulano. El coche, un mercedes modelo torero de color blanco estaba aparcado de nuevo. Esta vez en un callejón perpendicular a la calle, como si quisiera ocultarse. El morenazo de ojos verdes y perilla modelo Omar Sharif, salía en ese momento del local, a pie y acompañado de un corpulento bañista oculto bajo una enorme chilaba, que intentaba seguir su paso, sin conseguirlo. Yo seguí los pasos de ambos, y me llevaron a un bajo comercial con poca vida interior. La persiana estaba tan oxidada como el candado que la cerraba. Tras dos intentos, el tercero abrió el candado y otro más la persiana que chirrió y se negó a subir más del escaso metro. El dandi tangerino entró con facilidad y el de la chilaba lo intentó pero golpeó la persiana y hubo de agacharse y pasar a gatas con cierta dificultad. Gajes del oficio de detective.

     

  • Capítulo I. Bloque 8: DETECTIVE PRIVADO VALENCIANO CALLEJEANDO EL ZOCO Ábaco detectives Valencia.

    Capítulo I. Bloque 8: DETECTIVE PRIVADO VALENCIANO CALLEJEANDO EL ZOCO Ábaco detectives Valencia.

    Cada ciudad tiene su propia luz al amanecer y Tánger sorprendía por su claridad. El aeropuerto internacional Ibn Battuta me recibió con el calor profundo y penetrante de Marruecos. La imagen cinematográfica de “Casablanca” con el comisario y Bogart iniciando una amistad en la solitaria pista, acudió a mi mente de detective privado en Valencia. Yo estaba más sola que Bogart en aquella situación, y a buen seguro, con menos recursos. En lugar de alquilar un coche en la terminal del aeropuerto, decidí pactar precio con un taxista local, para que trasportase mi equipaje y a mí, los quince kilómetros al noreste que separaban el aeropuerto de la urbe.

    No había visitado la ciudad en mi vida, y me sorprendió el tamaño de los barrios periféricos. La infraestructura no había crecido al mismo ritmo que la población y la derrota era más que evidente. Al llegar a la ciudad, pregunté al taxista por un hotel de media categoría. No quise arriesgarme a habitaciones compartidas por otras especies, elegí el Hotel Continental. No llegaba a tres estrellas pero parecía “correcto” según opiniones vertidas en uno de los foros consultados.

    Se encontraba en el centro de la antigua medina, en el 36 de la calle Dar El Baroud, al norte de la ciudad. La chica de recepción, de nombre francés, a juego de la mayoría de calles y avenidas, me recomendó una habitación que diese a la parte delantera. Por suerte seguí su consejo, ya que detrás había una mezquita y a las cuatro de la mañana comenzaban los rezos. El edificio era una mezcla entre museo y palacio de las mil y una noches. La pequeña terraza de la habitación me ofrecía una estupenda vista del estrecho que se vio interrumpida por la llamada de Elena.

    Elena Miñón era una abogada laboralista para la que trabajaba de vez en cuando como detective privado en Valencia. Ésta vez me recordaba que en una semana teníamos el juicio de un tema cerrado hacía más de un año. La velocidad de la justicia debe ser la antítesis de la de la luz. Se empeñaba en reunirse conmigo esa misma tarde. Manda huevos, pensé y la invité a quedar para hablar, pero Tánger le pareció lejos y la despaché con amabilidad forzada. Después de todo, no era culpa suya. Con el móvil apagado y el expediente como lectura de cabecera, eché una cabezada para recuperar algo de sueño. Veinte minutos después estaba repasando el contenido de la carpeta. Un nombre falso y la dirección de un “hamman” no eran mucho por lo que empezar, pero nobleza obliga. La chica de nombre parisino me ayudó a alquilar un pequeño Chevrolet impoluto con olor a nuevo y un callejero en francés y árabe.

    Las calles de la ciudad estaban preparadas para el tráfico porque había asfalto y líneas pintadas en él, pero el caos las hacía un infierno para la conducción. Después de media hora de recorrido, aparqué en un descampado que creí cercano a la dirección del “hamman”. Debí calcular mal, porque anduve más de media hora hasta encontrar el local.